lunes, 19 de diciembre de 2011

La culpa la tienen los demás

Los problemas asociados a la baja autoestima, como el sentirse inferior a los demás, despreciado por los demás, ignorado por los demás, separado por los demás, etc. Era culpa única y exclusiva de ¡los demás!. Puesto que ¿quién iba a ser responsable de que me ignorasen en un grupo de conversación, sin que mis ideas fueran tenidas en cuenta o incluso simplemente escuchadas? Por supuesto, los demás; todos esos que me ignoraban. Eran ellos los que provocaban que yo me retrajese más y más, que cada vez mis aportes a la discusión fueran más vagos y raros, que incluso llegase a abstraerme de sus planteamientos sin hacer caso a todo lo que se venía hablando. Jamás era yo. En todo caso, la comida tenía la culpa. La comida que me había hecho tan obesa que generaba la marginación social. Y la sociedad, esa sociedad que maldecía a los que no seguían la línea de la mayoría, lanzando el mensaje de: hay que ser mediocre para no ser esquinado, no se puede salir de la línea del medio, se debe actuar uniformemente, similarmente, plagiando todo lo que la gran mayoría es y hace para ser aceptado en esa gran mayoría; las minorías no son bienvenidas, son apartadas y relegadas para que no estorben, para que no recuerden a la masa social que existen las diferencias y los individuos.

La culpa, en consecuencia, era de la sociedad, no mía.

sábado, 29 de octubre de 2011

Ni llegando a adelgazar, en las pocas épocas en las que era capaz

Llegué a adelgazar muchas veces. Incluso hubo ocasiones en las cuales los kilos bajaron espectacularmente, cuando era capaz de seguir el régimen durante algún tiempo. A veces bajo supervisión profesional, otras veces (muchas más) bajo mi propio criterio. Pensaba: ¡Lo conseguí!
Pero ni siquiera entonces, cuando llegaba a librarme de toda esa carga física y psicológica que supone llevar un cuerpo maldecido socialmente, adoptando una imagen más pertinente a la apreciación cultural actual, era capaz de sentirme plena y satisfecha emocionalmente. Siempre había trabas que aparecían en mi mente que me impedían disfrutar del momento. Por ejemplo, aun cuando podía ir a la tienda (¡de tallas normales!) a comprar ropa (¡de mi nueva talla!), y me compraba nuevas prendas a la moda, tampoco era capaz de disfrutar del todo de esa experiencia: ¡Esta falda no la puedo llevar con esta tripa floja que me ha quedado! ¡Esos pantalones tan cortos no me tapan las flaccideces que se me han quedado en los muslos!...
Y del mismo modo, en todos los ámbitos de la vida. Por ejemplo, no me aceptaban mejor los amigos porque hubiese bajado de peso; me complacían sus halagos, pero una vez expresados, todo volvía a la habitualidad, seguía sintiéndome un cero a la izquierda en una reunión, debía utilizar los mismos trucos de siempre para llamar la atención y poder llegar a sentirme reconocida.
De modo, que si ni siquiera lucir un cuerpo en su peso ideal podía llegar a satisfacerme y a hacerme feliz, ¿qué sucedía? ¿porqué quitando el mayor trastorno de mi vida, ésta no me llenaba?

lunes, 19 de septiembre de 2011

La comida, perro de presa que no ceja su arremetida

Lo más curioso de todo es que los impulsos mentales que me apremian a comer persisten incluso cuando parece que todo va bien; cuando esos problemas que rodean mi vida se solucionan. La vida familiar, en ocasiones, no resulta conflictiva, e incluso fluye con armonía y concordia, dando a todos sus miembros un bienestar y un sentimiento de satisfacción que me alcanzan positivamente. Así ocurre algunas veces también en el trabajo y en mi círculo social, cuando los demás me demuestran que soy aceptada por mis valores y mis méritos. Sin embargo, incluso en esas circunstancias, el monstruo de los atracones, anhelante de sus dosis de obediencia obligada, machaca mi cabeza insistente, y me conduce, inevitable, ineludible, inexcusablemente, a un nuevo empacho inexplicable pero real, y que destruye despiadadamente todos los maravillosos sentimientos que la situación de paz me había procurado.

miércoles, 31 de agosto de 2011

La comida, culpable

Mis dificultades no acaban en los problemas con la comida, en las pulsiones que sufría constantemente que me empujaban a no parar de engullir; lo cierto es que también mi vida se veía estorbada por multitud de escollos que convertían mi vivir en un camino de minas. Sobre todo, en lo relativo a las relaciones con otras personas; siempre me sentía relegada en una quinta dimensión, como si lo que yo tuviera en mí para aportar a la sociedad no fuera relevante para ésta, como si al resto del mundo le diera igual si yo existía o no. Cuando tomaba parte en un grupo de personas con una conversación, proyecto, objetivo, o simplemente para llenar un momento de ocio, todos aportaban sus opiniones, sus ideas, sus modos de ver y hacer las cosas,… pero yo no; siempre me mantenía al margen, escudándome en mi timidez; y si en algún momento dado osaba compartir mis pensamientos con los demás, inmediatamente sus actitudes daban a entender que todo lo que yo aportaba era nimio y carecía de la menor importancia. Bien es cierto que mi escasa autoestima, mi falta de fluidez en el verbo hablado en público, mis perennes inseguridades,… daban a mis palabras un aire de falacia o invención que no eran reales. De modo que las otras personas no atendían a mis razonamientos como no atenderían a los de un orate en plena crisis.
“Si pudiese controlar mis excesos con la comida, y bajase de peso, aumentaría mi autoestima y mis sentencias sonarían mucho más contundentes, lo que conseguiría hacerme un hueco en el aprecio social”. Esto era lo que yo soñaba constantemente. Sólo la comida era la culpable de que no tuviera el éxito social que siempre había deseado. Sólo si lograba controlar el problema de la ingestión desmedida, lograría solucionar todos mis escollos.
Estaba tan segura…
Tanto…
Pero… el peso bajó.
Y la autoestima no subió demasiado, sería mentir si no reconozco que un poco sí que aumentó, pero lo cierto es que nunca se convirtió en columna vertebral para el desarrollo de mis aptitudes comunicativas. Continué titubeando al hablar, riendo en cada frase con una risilla nerviosa reflejo de mi inseguridad, atascándome en las palabras, olvidando los vocablos más sencillos, tartamudeando cuando menos me convenía,…
¿Por qué?
Los problemas no se fueron.
Y la comida volvió al ataque.

martes, 30 de agosto de 2011

La falsa alegría

El aspecto de mi rostro frente a los demás siempre ha sido alegre y acogedor (no con la familia pero sí con la sociedad), sin que jamás me permitiera exteriorizar un enfado, una reacción negativa ante cualquier evento, un temor a alguna cosa o persona,… todos esos sentimientos quedaban agazapados en mi interior sin que la impenetrabilidad de la imagen exterior dejase traslucir lo que de verdad sucedía detrás de la sonrisa aparentemente abierta. La envidia también, los anhelos, las ofensas,… todas mis pasiones, malas y muchas veces también las buenas, se resguardaban en mis entrañas para no demostrar a nadie que siquiera existían, como si yo no tuviera derecho a sentir y padecer, como si mi misión en este mundo fuese la de permanecer inalterable frente a la vista de los otros, como si fuese demasiado difícil y humillante reconocer mis debilidades públicamente.
De ese modo, los sentimientos heridos se escondían dentro de mi persona; sentimientos a veces tan grandes y dificultosos que me resultaban imposibles de gestionar. Y para evitar que salieran a flote, eran soterrados bajo capas y capas de aparente indiferencia hasta ser expulsados del nivel consciente al inconsciente, donde se mantenían fuertemente ocultos, sin que incluso yo misma los reconociera. Allí lejos, lejos del yo que se mostraba a los demás, incansable, fuerte, feliz, capaz, grande,… pero con un núcleo caótico y sombrío.

lunes, 29 de agosto de 2011

Insatisfacción crónica

Todos los aspectos de mi vida se encuentran contaminados por las obsesiones-compulsiones. Me doy cuenta de que soy toda yo la que es compulsiva, no sólo está la enfermedad en la comida, sino en todo lo que hago: todo lo quiero ¡YA!.
Si voy a emprender un proyecto determinado, del que tengo cierta expectativa, no veo el momento de conseguirla. Lo intento ¡ahora!. No sé esperar a que mis acciones den fruto cuando el proceso de maduración haya acabado. Me persigue siempre una sensación de apremio que me impulsa a necesitarlo todo instantáneamente: si algo deseo, eso debo obtenerlo de inmediato. Me resulta muy difícil esperar; tanto las cosas y los acontecimientos, como a las personas. Esa situación de intensidad permanente a la que mi propio yo me somete repercute en mi forma de ser, en mis relaciones con las otras personas y con las cosas, en mis decisiones y en mi manera de ver el mundo, de sentirlo, de probarlo, de empatizar con él. Soy  obsesivo-compulsiva en todos los aspectos de mi vida.
Del mismo modo que cuando tengo un atracón, supone que no puedo demorar la ingestión del siguiente comestible más tiempo que el necesario para sacarlo de donde se encuentre, también en el resto de deseos que me asaltan y que decido asumir, me resulta imposible esperar los resultados. Todo tiene que funcionar ya, y dar fruto inmediatamente.

sábado, 27 de agosto de 2011

El hogar

En segundo lugar, el hogar, la familia, la casa: Desde afuera somos la pareja perfecta. Sin altibajos exteriores, dos niños saludables y educados (o en proceso de), con recursos suficientes para mantener un nivel de vida medio,… Un observador externo posiblemente calificaría nuestra familia como modelo. Pero lo cierto es que, puertas adentro, las cosas son muy difíciles. La armonía de la relación de pareja se fue hace mucho tiempo, a pesar de que el amor no nos falta. Sin embargo, las broncas son constantes. Tanto uno como otro nos colocamos al borde del ataque permanentemente, línea que traspasamos al menor estímulo. Nuestros enfados recurrentes afectan a nuestros hijos profundamente. Además, nuestra relación con ellos está viciada por ese anterior estado de ánimo de alerta constante; de manera que a la más mínima provocación, saltamos airadamente contra ellos (aunque luego me pene y me sangre el alma por haberles gritado). Por tanto, cierta es esta hipótesis que afirma la Comunidad: mi hogar no es el remanso de armonía que sus miembros necesitan para reposar de las frustraciones del trabajo y el colegio, sino el pozo donde arrojar esos sentimientos negativos, como si de un vertedero se tratara.