miércoles, 18 de mayo de 2011

Tendencia crónica

Esa reacción está inscrita en el ser, es inherente a la persona, acompaña al afectado durante toda su vida. No existe nada que la elimine. Jamás se librará de ella. Será un enfermo crónico todo el tiempo que le reste de vivir.
Esto supone que aunque haya periodos durante los cuales sea posible controlarlo (de hecho a mí me duró dos años la tregua), siempre vuelve. Y cuando esos alimentos malditos irrumpen en la dieta nuevamente, la reacción surge inmediata, inexorable, impunemente; volviendo a sumir al individuo en el más duro de los castigos, obligándole, como en una sesión de tortura medieval, a ingerir demoledoramente más y más. Con cantidades cada vez mayores. Nunca desaparece, siempre estará allí agazapada, ladina, expectante,…
Jamás podré comer normalmente. Durante todos mis días tendré esa tendencia destructiva, aunque consiga controlarla un tiempo, siempre volverá. Jamás seré normal.

lunes, 16 de mayo de 2011

Señales especiales

Explican que a las personas afectadas, esos alimentos concretos, les transmiten señales determinadas (¿al cerebro?), diferentes de las que reciben las personas normales.
Esto implica que las demás personas no oyen en su cabeza esas órdenes ineludibles que les arrastran irremediablemente a repetir la comida de forma indefinida. Que esas personas normales, una vez que han probado un trozo, dejan de pensar obsesivamente en lo que se ha quedado en la bandeja, haciendo recuento mental y visual de los pedazos que quedan y lo bien que sentarían deshaciéndose en la boca, se olvidan de ellos sin prometerse que “sólo comerán uno más”, sin notar desgarradoramente, una vez que se han acabado las porciones, que precisan imperiosamente colmarse con otras cosas similares, y si no hay parecidas, pues otras, las que sean, abalanzarse sobre ellas, ingerirlas, tragarlas, engullirlas, devorarlas,… lo que sea, con tal de acallar esas voces.
Es decir, que esas personas normales, no es que tengan una fuerza de voluntad mayúscula, a prueba de bombas, sino que realmente ¡No las echan de menos!.
Pero, ¿Estas personas existen? ¿Lo normal es que se sacien con sólo probar?
O ellos no tienen esas reacciones psicológicas que yo sí tengo, o bien sus voluntades son ingentes. Pero en este caso, ¿por qué en otros ámbitos sí soy más fuerte que ellas? ¿Sólo en cuestión de comer me ganan?

viernes, 13 de mayo de 2011

¿Qué alimentos me desatan el atracón?

Yo podría referir la mayoría de esos alimentos específicos que me desatan el atracón. Aunque aún dudaría con otros. Lo mismo que hay muchos que sé seguro que no me van a afectar. La Comunidad afirma que aunque hay personas que no sabrían señalarlos, la mayoría sí podemos. Yo puedo saber cuáles son, al menos los principales:
·         El azúcar, en todas sus variantes:
o   Sólo, como edulcorante (tanto glucosa como fructosa –miel-).
o   Utilizado en cocina para postres.
o   Repostería, en combinación con las harinas refinadas: Galletas, bollería,…
o   Dulces: Bombones, caramelos,…
·         Harinas refinadas:
o   Pan, tostadas, bizcochos, biscotes, galletas,…
o   ¿Pasta italiana?
o   ¿Rebozados?
·         Edulcorantes artificiales: sacarina, aspartamo,…
·         ¿Frutos secos?: Sé que las nueces con cáscara no me desencadenan el efecto. Pero los frutos secos pelados ¿sí?.
Desde luego, los que seguro que me van a empujar a un nuevo ataque son la bollería y las galletas. También, en segundo lugar, los dulces y postres, y por fin, los panes y tostadas. Los edulcorantes artificiales también (necesito de 10 a 14 pastillitas de edulcorante en una taza de infusión para empezar a notarla bien de sabor). Los frutos secos es más dudoso, me gustan, pero no sé si me inician la gula. En cuanto a los fritos, sí me afectan los que llevan bechamel (croquetas, fritos de huevo, de jamón y queso,…), pero si no llevan bechamel, no (aunque incluyan algo de harina para el rebozado).
Desde el otro lado, sé seguro que no me provocan problemas todas las verduras y las proteínas (carnes, pescados y huevos).
En el medio, entre unos y otros, están los lácteos (naturales) y las frutas.
Bien, ya están destacados todos los alimentos que me llevarán otra vez a la prisión mental del bucle que supone repetir ración, y repetir, y repetir,…. Y repetir,…
Estos, por supuesto, son las comidas que me afectan a mí. Por supuesto no son los mismos que los que pueda tener otra persona. Cada uno tendrá que estudiarse a sí mismo, y realizar el mismo esquema, pero aplicado a su individualidad.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Comparativa

A continuación, se exponen las diferencias entre una persona no afecta por la enfermedad y otra que sí lo está. Tengo que continuar diciendo que sí estoy de acuerdo con ella en este punto, porque parece que me hubiesen visto a mí antes de escribir ese párrafo. Argumentan que una persona normal también puede recurrir a la comida y a sus excesos para encontrar placer y evadirse de los problemas, exactamente igual que una persona con ataques de atracón. Ahora bien, así como el que es normal, cuando ha comido una determinada cantidad, se sacia y deja de comer, toda vez que nota el estómago más o menos lleno, los afectados no. No podemos parar de atiborrarnos, aun cuando tengamos el vientre repleto, como si ya no existieran más comidas en el mundo, aunque estemos henchidos, seguimos comiendo.
Sigue explicando cómo a las personas afectadas, además, ciertos alimentos les provocan una reacción extraña, de modo que cuando los prueban, incluso con pequeñas cantidades iniciales, que satisfacen a la mayoría de la gente, a nosotros nos incitan a repetir otra porción otra vez, y otra, y otra,…
Esto lo he vivido yo. Alguna vez que alguien ha llevado un aperitivo al trabajo, apetitoso, dulce o salado, pero sabroso, atractivo,… Mi mente me decía: sé educada, y come sólo uno. Mis manos se extendían (más deprisa de lo que mi consciencia hubiese querido) hasta alcanzar uno de aquellos bocaditos. Directamente a la boca,… hummm, delicioso, se deshace entre el paladar, llenando todas mis papilas gustativas, a la vez que se derrama por todos los huecos que se forman en la mucosa bucal, colmando mi sentido del gusto hasta límites insospechados. Poco a poco rebosa hacia la garganta y mi faringe va ingiriendo la delicia, que se deposita en el estómago.
Pero, ¡Oh sorpresa!, sucede que cuando ya no queda más en la boca, mi mente siente cómo, a la vez que se llena un poco el estómago, ella nota un vacío. Está segura de que ese vacío se satisfará si otro aperitivo vuelve a pasar por la garganta. Y, disimulando mis prisas por coger esa segunda parte, a la vez que desviando la atención para que nadie se dé cuenta de que ya es repetición, vuelvo a alcanzar otro bocado que, rápidamente, acaba en mi cuerpo. Esta vez, el paladeo es menos intenso, y su duración, mucho más corta. El alimento, de pronto, ya se encuentra en mi estómago. Esta vez, éste empieza a sentirse satisfecho, pero sin embargo, es una sensación que yo le ignoro, no me fijo para nada en cómo se nota mi vientre, más bien, estoy pendiente de lo que mi cerebro, castigador, me repite incesantemente: el vacío que sentía se agranda, y conforme más se llena el intestino, mayor es el vacío en mi cabeza. Cuando nadie me ve, cuando los demás ya han terminado su trozo de aperitivo, yo vuelvo a meter la mano en la caja para coger un tercero, que engullo rápidamente, no sea que alguien me pille. Según van pasando los siguientes momentos la necesidad de comer otro pedazo es mayor cada vez, aun cuando el estómago comienza a protestar de lo hinchado que ya está, pero que mi mente, ladina, acalla. Cuando termino el turno de trabajo, y puesto que no he podido llenar ese vacío mental que ahora es tan grande como un agujero negro, en cuanto llego a casa arramblo con el primer comestible que contenga hidratos de carbono refinados que tenga a mano.
Al final, cuando se acaba el atracón, arrepentimiento, pena, vergüenza, frustración, rabia, impotencia,…
Es curioso, pero se ha cumplido al pie de la letra eso de la reacción extraña. Mi intención era solamente probar el primer bocado del delicioso aperitivo, exactamente como han hecho los demás compañeros, pero he acabado atracándome con cualquier cosa que tuviera a mano y que se pueda comer.

martes, 10 de mayo de 2011

Estoy afectada

Sea cual sea la causa que provoca esta enfermedad, independientemente de porqué la sufrimos, lo cierto es que la padecemos. Esto es lo único que sabemos de verdad: tenemos un problema, un grave problema con la comida.
Del mismo modo que otras personas con otras enfermedades tienen dificultades a la hora de andar, de manejar objetos, de ver, de oír, de soportar determinado dolor, etc., nosotros tenemos serios impedimentos en el momento de alimentarnos normalmente. Nuestra nutrición está absolutamente desequilibrada, en algunas personas por exceso, en otras por defecto, pero en cualquier caso, mal.
Y no sólo ahí se muestra la enfermedad. Además existen muchos otros síntomas que afectan al devenir de toda nuestra vida, del mismo modo que un dolor perturba a muchas parcelas del ser humano (cuando nos duele algo, no tenemos ganas de reír,  de bailar, de correr,…, nos sentimos irritables y a veces preferimos estar solos,…), estas limitaciones nutricionales también provocan respuestas anormales en otros ámbitos: comportamientos, pensamientos, decisiones, respuestas, etc.
No somos personas normales. Tenemos una dolencia especialmente limitante, y es crucial que seamos conscientes de ello.

lunes, 9 de mayo de 2011

Transmisión genética

Uno de los factores etiológicos que se barajan actualmente como causantes de muchas enfermedades es el genético. Este tiene dos vertientes:
·         La variante hereditaria: Cuando la causa de la enfermedad se aloja en un gen alterado que se transmite de generación en generación a través de la herencia que los padres traspasan a sus hijos con su ADN.
·         La variante congénita: Cuando la alteración de ese gen causante de la enfermedad procede de una metamorfosis de ADN ocurrida durante la concepción o el embarazo, de modo que a partir de una célula embrionaria que ha mutado se crea un individuo que arrastra dicha alteración.
Ignoro a qué predisposición genética se refiere la afirmación de que es posible haber nacido con ella; pero de cualquier modo, si ese fuera el origen, implicaría que el desarrollo de la enfermedad estaría relacionado más con factores externos a nuestra voluntad que a nuestra “negligencia”; ya que entonces, nuestros comportamientos, conductas, estilos de vida, educación, etc., poco habrían tenido que ver con el hecho de que se hubiese desencadenado la enfermedad.
Ahora bien, también es cierto, que las últimas corrientes científicas no exoneran de culpa a los comportamientos humanos como detonantes del desarrollo de enfermedades genéticas que con un modo de vida sano no se manifestarían, aun cuando se lleven implícitas en los genes. Pero incluso en este caso, tampoco seríamos responsables, ya que nadie sabe si su cuerpo incluye una carga biológica semejante, y además, cuando nos han inculcado malos hábitos respecto a la comida durante la infancia, o no nos han sabido armar bien emocionalmente a la hora de enfrentarnos a las dificultades, de manera que las solventamos con adicciones, (lo que constituiría la predisposición emocional), tampoco somos responsables. Sí lo seremos a partir del momento en el que seamos conscientes del impacto negativo de esas conductas, pero una vez instaurada la adicción, el tratamiento no es tan sencillo como decirnos: a partir de ahora, come sano y enfréntate a los conflictos con armas emocionales, no exteriores. ¿Qué bulímico es capaz de razonar eso desde su enfermedad?. Podremos tenerlo en cuenta en los momentos de lucidez, aun cuando no es tan fácil; pero en ningún caso, el solo hecho de saberlo, frenará los ataques.
En consecuencia, tanto si es una enfermedad genética como si no lo es, lo cierto es que estamos afectos por un padecimiento ajeno a nuestra voluntad y del que no somos responsables.

domingo, 8 de mayo de 2011

¿Cuál es el origen?

Afirman que el origen de esta disfuncionalidad no tiene una causa conocida. Existen factores relacionados, como los malos hábitos adquiridos en la infancia, los problemas de adaptación, el gusto por la comida,… pero ninguno es la etiología primigenia de la bulimia, al menos por sí solos.
Puedo aceptar esto. Lo cierto es que no conozco ningún descubrimiento científico sólido que pueda argumentar a favor de una causalidad concreta de la bulimia; ni tampoco de la mayoría de las enfermedades mentales. Actualmente, la medicina cuenta con medios para tratar con fármacos la mayoría de las alteraciones psiquiátricas conocidas (paranoia, esquizofrenia, psicosis, neurosis, etc…); sin embargo, en ninguna de ellas ha podido desentrañar cuál es el motivo por el que algunas personas las padezcan o surjan en cierto momento de sus vidas, y otras no.
Y si calificamos la bulimia como enfermedad psíquica, que se nutre también de parecidos procesos mentales que se han alterado, es lógico darse cuenta que el origen de la enfermedad aún no ha sido desentrañado. De modo que nadie sabe con seguridad porqué alguien puede llegar a sufrirla, mientras otra, en sus mismas circunstancias, no la desarrollará nunca. Así pues, lo trágico de esta dolencia es que no se sabe, a priori, si va a aparecer en nuestro cuerpo, o en el de nuestros seres queridos, o no. Sólo a posteriori se podrá detectar el diagnóstico, identificándola cuando ya se ha instalado, e incluso, ha devastado al enfermo. Ya que muchas veces, para cuando llegas a darte cuenta de que tienes un verdadero problema con la comida, has llegado muy lejos en las obsesiones, las compulsiones, y los excesos, que pueden, además haber acarreado daños adicionales de tu salud.
Sin embargo, del mismo modo que sucede con muchas enfermedades crónicas actuales, aun cuando el origen es desconocido, sí se sabe que existen factores de riesgo que pueden propiciar su manifestación; y en este caso, podría considerarse que una persona en cuya niñez se le haya inculcado una relación sana con la comida, sin angustias sobre ella (entre las que se incluirían, por ejemplo, las madres obsesionadas con que su niño les coma), tendrán menos facilidad de desarrollar una disfunción de la alimentación que las segundas. Así como también, las personas que tengan menos recursos psicológicos para enfrentarse a los acontecimientos de la vida diaria, con sus dificultades y obstáculos, serán también más propensas a la perturbación psíquica.
Ahora bien, no entiendo mucho que el gusto por la comida pueda facilitar la instalación de la enfermedad de la compulsión por la comida, ya que esmerados gourmets de todo el mundo, lo son, precisamente, porque cuando prueban un nuevo plato, exquisitamente preparado, no lo devoran, sino que lo prueban, lo describen, y… ya está. Nosotros, sin embargo, ante semejante manjar, comenzaríamos delicadamente el primer bocado, y poco a poco, aumentando progresivamente la velocidad de la ingestión, acabaríamos el plato, y después continuaríamos con otro, con otro, con otro,… No sé. Supongo que si es algo que no te gusta no será fácil que constituya un detonante de la enfermedad. De todos modos, lo que se afirma es que no es esa la causa, sino que puede contribuir a su aparición.