domingo, 24 de marzo de 2013

Primera semana: 7 días del reto

¡¡¡¿Qué tal?!!!
Me presento jubilosa comunicando que he superado con éxito los primeros 7 días del reto que me propuse la semana pasada.
Y ello, a pesar de haber "sufrido" dos celebraciones de cumpleaños este fin de semana. Cierto es que estos dos eventos han sacudido la dieta, pero en ningún momento he comido más de lo que han comido cualquiera de los demás comensales. Y ello, ¡sin que tenga repercusión posterior!
Y es que, yo no sé vosotras, pero cuando acudía a algún evento en el que una comilona era protagonista, moderaba mis ingestas frente a la vista de los demás, pero una vez que llegaba a mi casa, y en la intimidad de mis cuatro paredes, desataba toda la desazón que la visión de semejantes manjares habían despertado en mi cabeza mórbida, dando paso al atracón consiguiente.
Por tanto, el hecho de haber superado mi primeras celebraciones sin consecuencias, ES MARAVILLOSO.

El lunes, como estaba prescrito, hice mi primera pesada, la primera desde hace muchos meses. Y el veredicto fue: 71,400. Más de 20 por encima de lo que había logrado hasta hace año y medio.
Este es pues, mi comienzo. Pero atención, la disminución de dicho peso no se trata de uno de los objetivos, sino de un deseo.
Es decir, que aunque no logarara llegar a bajar ni un solo gramo, siempre que no haya subido, sería considerado como un triunfo. Puesto que dentro de mis objetivos, está el no subir de peso, y no el de bajarlo; puesto que considero que el control del peso corporal no es una acción que esté en mi mano, sino en la del poder de la naturaleza que regula las cuestiones biológicas. Por tanto, digo que el bajar es un deseo, no un objetivo.

Por de pronto, mi dieta habitual será la siguiente:
• Desayuno:
-1 vaso de agua.
-60 gr de pan sin sal.
-1 taza de leche descremada con cafe descafeinado soluble y dos sacarinas.
• Almuerzo:
-1 manzana.
-1 infusión.
• Comida: Como en un comedor colectivo, pero pondré tres ejemplos de las comidas que nos ponen:
1)
- Brócoli con patata.
- Atún a la plancha con pimientos rojos.
- Yogur desnatado.
2)
- Ensalada de lechuga tomate y zanahoria.
- Trucha frita con champiñones.
-Yogur desnatado.
3)
- Espinacas con ajo rehogado.
- Pechugas de pollo a la plancha con ensalada de tomate y lechuga.
- Manzana.
• Cena:
- Ensalada de cebolla, pimiento verde, pepino, zanahoria rallada, tomate y lechuga.
- 1/2 lata de atún en aceite, o 1 loncha gruesa de queso tierno o 1 vasito de queso de burgos.
- 2 o 3 biscotes.
- 1 Manzana.
- 1 Yogur desnatado (de capricho, es decir alguno de los que las grandes marcas preparan edulcorados y desnatados, como 0% pero de sabores dulces).

Bien. Este va a ser el plan diario que seguiré habitualmente. Aunque haya días en los que, por diversas razones, no pueda llevarlo a cabo, en cuyo caso, tendré que respetar el parámetro que marca lo que comería una persona normal, no enferma de bulimia.
Esto pasará, por ejemplo, esta semana que viene, puesto que las vacaciones de Semana Santa van a suponer una complicación añadida.
Ya os contaré.

De momento, me voy a centrar en el éxito de esta primera semana, y ¡lo voy a disfrutar plenamente!
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡YUPIII!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Hasta la semana que viene.

domingo, 17 de marzo de 2013

Recomenzando

Hola a todos:
A pesar de haber transcurrido mucho tiempo desde mi última entrada, los problemas han continuado. Y no solo eso. Se han agudizado mucho. El aumento de peso que he sufrido durante este difícil tiempo ha sido terroríficamente grande, tanto, que una persona normal lo creería una exageración; pero que nosotras sabemos que no solo es posible, sino que es desgarradoramente real.

Pero navegando por este mundo del hiperespacio virtual, acabo de encontrar este blog:
http://solo100dias.blogspot.com.es/2009/11/solo-100-dias-para-que.html

Y he decidido que yo también voy a probar su método: ESTAR 100 DÍAS SIN PADECER UN SOLO ATRACÓN.

REGLAS:
 
1- No tener un atracón consciente de que lo es (si hay algún momento en el que tenga que comer más por alguna razón especial, como una celebración, no se contabiliza, siempre que dicha ingesta superior no supere la de las demás personas que estarán a mi lado. Esto nunca debe pasar estando sola).


2- Escribir en este blog mínimo una vez por semana, siendo sincera con mis resultados, emociones y frustraciones. Pesarme una vez cada 14 días y reflejarlo.


3- Acompañar este programa con al menos tres sesiones de ejercicios en el gimnasio (de duración mínima de media hora, a menos que una enfermedad me lo impida) y cinco de paseos.


4- Buscar ejercicios para bajar la ansiedad, trabajar alguno de los pasos del programa de comedores compulsivos, elevar mi autoestima, ser consciente de mis pensamientos y actitudes cuando me encuentre en situaciones de tensión, y procurar no sentirme fea y repugnante cuando me miro al espejo o me embuto como puedo en mis vaqueros.
 
5- Si caigo en algún momento, e incumplo alguna de las reglas, vuelvo a empezar la cuenta de los 100 días, en las mismas condiciones en las que me encuentre en ese momento.
 
 OBJETIVO:

1- Cumplir con las reglas.

2- No subir de peso.

3- Conseguir comenzar a gobernar mi vida, en el sentido de sentirme más feliz de todas las cosas que tengo, sin estar constantemente echando de menos las que no tengo.

4- Volver a sentirme capacitada para actuar contra mis peores miedos.



Día 1: Hoy, 17 de marzo de 2013 a las 23 horas, hasta el 25 de junio de 2013.

¡Hasta la semana que viene!
Enfrosina.

lunes, 19 de diciembre de 2011

La culpa la tienen los demás

Los problemas asociados a la baja autoestima, como el sentirse inferior a los demás, despreciado por los demás, ignorado por los demás, separado por los demás, etc. Era culpa única y exclusiva de ¡los demás!. Puesto que ¿quién iba a ser responsable de que me ignorasen en un grupo de conversación, sin que mis ideas fueran tenidas en cuenta o incluso simplemente escuchadas? Por supuesto, los demás; todos esos que me ignoraban. Eran ellos los que provocaban que yo me retrajese más y más, que cada vez mis aportes a la discusión fueran más vagos y raros, que incluso llegase a abstraerme de sus planteamientos sin hacer caso a todo lo que se venía hablando. Jamás era yo. En todo caso, la comida tenía la culpa. La comida que me había hecho tan obesa que generaba la marginación social. Y la sociedad, esa sociedad que maldecía a los que no seguían la línea de la mayoría, lanzando el mensaje de: hay que ser mediocre para no ser esquinado, no se puede salir de la línea del medio, se debe actuar uniformemente, similarmente, plagiando todo lo que la gran mayoría es y hace para ser aceptado en esa gran mayoría; las minorías no son bienvenidas, son apartadas y relegadas para que no estorben, para que no recuerden a la masa social que existen las diferencias y los individuos.

La culpa, en consecuencia, era de la sociedad, no mía.

sábado, 29 de octubre de 2011

Ni llegando a adelgazar, en las pocas épocas en las que era capaz

Llegué a adelgazar muchas veces. Incluso hubo ocasiones en las cuales los kilos bajaron espectacularmente, cuando era capaz de seguir el régimen durante algún tiempo. A veces bajo supervisión profesional, otras veces (muchas más) bajo mi propio criterio. Pensaba: ¡Lo conseguí!
Pero ni siquiera entonces, cuando llegaba a librarme de toda esa carga física y psicológica que supone llevar un cuerpo maldecido socialmente, adoptando una imagen más pertinente a la apreciación cultural actual, era capaz de sentirme plena y satisfecha emocionalmente. Siempre había trabas que aparecían en mi mente que me impedían disfrutar del momento. Por ejemplo, aun cuando podía ir a la tienda (¡de tallas normales!) a comprar ropa (¡de mi nueva talla!), y me compraba nuevas prendas a la moda, tampoco era capaz de disfrutar del todo de esa experiencia: ¡Esta falda no la puedo llevar con esta tripa floja que me ha quedado! ¡Esos pantalones tan cortos no me tapan las flaccideces que se me han quedado en los muslos!...
Y del mismo modo, en todos los ámbitos de la vida. Por ejemplo, no me aceptaban mejor los amigos porque hubiese bajado de peso; me complacían sus halagos, pero una vez expresados, todo volvía a la habitualidad, seguía sintiéndome un cero a la izquierda en una reunión, debía utilizar los mismos trucos de siempre para llamar la atención y poder llegar a sentirme reconocida.
De modo, que si ni siquiera lucir un cuerpo en su peso ideal podía llegar a satisfacerme y a hacerme feliz, ¿qué sucedía? ¿porqué quitando el mayor trastorno de mi vida, ésta no me llenaba?

lunes, 19 de septiembre de 2011

La comida, perro de presa que no ceja su arremetida

Lo más curioso de todo es que los impulsos mentales que me apremian a comer persisten incluso cuando parece que todo va bien; cuando esos problemas que rodean mi vida se solucionan. La vida familiar, en ocasiones, no resulta conflictiva, e incluso fluye con armonía y concordia, dando a todos sus miembros un bienestar y un sentimiento de satisfacción que me alcanzan positivamente. Así ocurre algunas veces también en el trabajo y en mi círculo social, cuando los demás me demuestran que soy aceptada por mis valores y mis méritos. Sin embargo, incluso en esas circunstancias, el monstruo de los atracones, anhelante de sus dosis de obediencia obligada, machaca mi cabeza insistente, y me conduce, inevitable, ineludible, inexcusablemente, a un nuevo empacho inexplicable pero real, y que destruye despiadadamente todos los maravillosos sentimientos que la situación de paz me había procurado.

miércoles, 31 de agosto de 2011

La comida, culpable

Mis dificultades no acaban en los problemas con la comida, en las pulsiones que sufría constantemente que me empujaban a no parar de engullir; lo cierto es que también mi vida se veía estorbada por multitud de escollos que convertían mi vivir en un camino de minas. Sobre todo, en lo relativo a las relaciones con otras personas; siempre me sentía relegada en una quinta dimensión, como si lo que yo tuviera en mí para aportar a la sociedad no fuera relevante para ésta, como si al resto del mundo le diera igual si yo existía o no. Cuando tomaba parte en un grupo de personas con una conversación, proyecto, objetivo, o simplemente para llenar un momento de ocio, todos aportaban sus opiniones, sus ideas, sus modos de ver y hacer las cosas,… pero yo no; siempre me mantenía al margen, escudándome en mi timidez; y si en algún momento dado osaba compartir mis pensamientos con los demás, inmediatamente sus actitudes daban a entender que todo lo que yo aportaba era nimio y carecía de la menor importancia. Bien es cierto que mi escasa autoestima, mi falta de fluidez en el verbo hablado en público, mis perennes inseguridades,… daban a mis palabras un aire de falacia o invención que no eran reales. De modo que las otras personas no atendían a mis razonamientos como no atenderían a los de un orate en plena crisis.
“Si pudiese controlar mis excesos con la comida, y bajase de peso, aumentaría mi autoestima y mis sentencias sonarían mucho más contundentes, lo que conseguiría hacerme un hueco en el aprecio social”. Esto era lo que yo soñaba constantemente. Sólo la comida era la culpable de que no tuviera el éxito social que siempre había deseado. Sólo si lograba controlar el problema de la ingestión desmedida, lograría solucionar todos mis escollos.
Estaba tan segura…
Tanto…
Pero… el peso bajó.
Y la autoestima no subió demasiado, sería mentir si no reconozco que un poco sí que aumentó, pero lo cierto es que nunca se convirtió en columna vertebral para el desarrollo de mis aptitudes comunicativas. Continué titubeando al hablar, riendo en cada frase con una risilla nerviosa reflejo de mi inseguridad, atascándome en las palabras, olvidando los vocablos más sencillos, tartamudeando cuando menos me convenía,…
¿Por qué?
Los problemas no se fueron.
Y la comida volvió al ataque.

martes, 30 de agosto de 2011

La falsa alegría

El aspecto de mi rostro frente a los demás siempre ha sido alegre y acogedor (no con la familia pero sí con la sociedad), sin que jamás me permitiera exteriorizar un enfado, una reacción negativa ante cualquier evento, un temor a alguna cosa o persona,… todos esos sentimientos quedaban agazapados en mi interior sin que la impenetrabilidad de la imagen exterior dejase traslucir lo que de verdad sucedía detrás de la sonrisa aparentemente abierta. La envidia también, los anhelos, las ofensas,… todas mis pasiones, malas y muchas veces también las buenas, se resguardaban en mis entrañas para no demostrar a nadie que siquiera existían, como si yo no tuviera derecho a sentir y padecer, como si mi misión en este mundo fuese la de permanecer inalterable frente a la vista de los otros, como si fuese demasiado difícil y humillante reconocer mis debilidades públicamente.
De ese modo, los sentimientos heridos se escondían dentro de mi persona; sentimientos a veces tan grandes y dificultosos que me resultaban imposibles de gestionar. Y para evitar que salieran a flote, eran soterrados bajo capas y capas de aparente indiferencia hasta ser expulsados del nivel consciente al inconsciente, donde se mantenían fuertemente ocultos, sin que incluso yo misma los reconociera. Allí lejos, lejos del yo que se mostraba a los demás, incansable, fuerte, feliz, capaz, grande,… pero con un núcleo caótico y sombrío.

lunes, 29 de agosto de 2011

Insatisfacción crónica

Todos los aspectos de mi vida se encuentran contaminados por las obsesiones-compulsiones. Me doy cuenta de que soy toda yo la que es compulsiva, no sólo está la enfermedad en la comida, sino en todo lo que hago: todo lo quiero ¡YA!.
Si voy a emprender un proyecto determinado, del que tengo cierta expectativa, no veo el momento de conseguirla. Lo intento ¡ahora!. No sé esperar a que mis acciones den fruto cuando el proceso de maduración haya acabado. Me persigue siempre una sensación de apremio que me impulsa a necesitarlo todo instantáneamente: si algo deseo, eso debo obtenerlo de inmediato. Me resulta muy difícil esperar; tanto las cosas y los acontecimientos, como a las personas. Esa situación de intensidad permanente a la que mi propio yo me somete repercute en mi forma de ser, en mis relaciones con las otras personas y con las cosas, en mis decisiones y en mi manera de ver el mundo, de sentirlo, de probarlo, de empatizar con él. Soy  obsesivo-compulsiva en todos los aspectos de mi vida.
Del mismo modo que cuando tengo un atracón, supone que no puedo demorar la ingestión del siguiente comestible más tiempo que el necesario para sacarlo de donde se encuentre, también en el resto de deseos que me asaltan y que decido asumir, me resulta imposible esperar los resultados. Todo tiene que funcionar ya, y dar fruto inmediatamente.

sábado, 27 de agosto de 2011

El hogar

En segundo lugar, el hogar, la familia, la casa: Desde afuera somos la pareja perfecta. Sin altibajos exteriores, dos niños saludables y educados (o en proceso de), con recursos suficientes para mantener un nivel de vida medio,… Un observador externo posiblemente calificaría nuestra familia como modelo. Pero lo cierto es que, puertas adentro, las cosas son muy difíciles. La armonía de la relación de pareja se fue hace mucho tiempo, a pesar de que el amor no nos falta. Sin embargo, las broncas son constantes. Tanto uno como otro nos colocamos al borde del ataque permanentemente, línea que traspasamos al menor estímulo. Nuestros enfados recurrentes afectan a nuestros hijos profundamente. Además, nuestra relación con ellos está viciada por ese anterior estado de ánimo de alerta constante; de manera que a la más mínima provocación, saltamos airadamente contra ellos (aunque luego me pene y me sangre el alma por haberles gritado). Por tanto, cierta es esta hipótesis que afirma la Comunidad: mi hogar no es el remanso de armonía que sus miembros necesitan para reposar de las frustraciones del trabajo y el colegio, sino el pozo donde arrojar esos sentimientos negativos, como si de un vertedero se tratara.

viernes, 26 de agosto de 2011

El examen de conciencia

Del mismo modo que antes he hecho con la forma de comer, ahora, me invitan a explorar la afectación del resto de aspectos de mi vida. En concreto, menciona el trabajo y el hogar, pero se refiere a todo aquello que esté relacionado con las obsesiones.
Iré paso a paso: lo primero el trabajo. ¿Hago todo lo mejor que puedo o me conformo con salir del paso? En este caso sí soy obsesiva; intento hacer todo lo mejor. Busco constantemente ser perfecta en todos los aspectos laborales y profesionales, me resultaría intolerable que alguien pudiera reprocharme algún descuido. Esto me supone, generalmente, una dedicación 120% que a veces se me hace difícil de llevar. A priori, parece que el trabajo consistiría, más en una fuente de estrés que el resultado de una mala gestión emocional. Aunque posiblemente más deriva de mi autoexigencia que de lo que mi propio puesto me obliga, si bien es cierto que jefes, compañeros y subordinados esperan de mí todo lo que estoy habituado a dar, y no sé cómo reaccionarían si de pronto decido dar sólo lo justo para disminuir mi ansiedad. Esa sensación de fracaso que seguiría a sus apreciaciones sobre mí, me resultaría tan inaguantable que dudo mucho que redundara en un beneficio en mi estado emocional y psicológico. Por tanto, puedo afirmar que sí soy obsesivo-compulsiva en mi trabajo. No por descuidarlo o ir “pasando”, sino por todo lo contrario, por permanecer constantemente en lucha por la perfección.

jueves, 25 de agosto de 2011

Sólo preciso ayuda con el tema de la comida. El resto de mi vida lo gestiono yo:

Mi desesperanza con la oscilación del peso se limita a ella. Sé ciertamente que necesito ayuda en ese aspecto. Pero jamás me he planteado que mi necesidad abarcara más temas. La ayuda que preciso es muy grande, porque mi problema con la comida es muy grande, pero sólo en eso. Si acudiera a un terapeuta que me examinara, le explicaría con detalle todo lo relacionado con mi manera de comer, con mis problemas a la hora de enfrentarme a la comida, pero no le expondría el resto de particularidades de mi vida, ya que en lo demás soy una persona normal. Con problemas, sí, como todo el mundo, pero que puedo enfrentar sin miedo yo solita.

lunes, 22 de agosto de 2011

Decir que no puedo gobernar mi vida es exagerado:

Mi único problema es el peso. Lo demás sucede por culpa de otras personas. Yo puedo con ello. En realidad, yo puedo con todo.
¿Qué mi vida es “ingobernable”? ¡Mentira!, ¡Sólo mi peso es indomeñable!

sábado, 20 de agosto de 2011

Lo que necesito es adelgazar:

Por tanto, lo que siempre había deseado con anhelo era adelgazar. Mientras fui obesa, el bajar de peso había sido mi objetivo constante hasta el punto de no decidirme a tener hijos por esa razón. Por fin, cuando ya rozaba los 40 años no tuve más remedio que claudicar e ir a la búsqueda de mis niños deseados, aun cuando mi cuerpo era, literalmente, una enorme bola de grasa. Tuve suerte, vinieron bien, dos niños en tres embarazos (el primero se malogró, desgraciadamente); aunque mi cuerpo sufrió secuelas que arrastraré el resto de mi vida. ¡Si hubiera adelgazado antes de empezar…!
Pero no podía bajar de peso. Todo lo que me quitaba, luego lo ganaba nuevamente ¡otra vez!, y en mayor medida. Terminé resignándome a que no bajaría nunca de peso. Creí que jamás llegaría a una talla “normal”. Mi consciencia me decía que sólo quitándome esa grasa de encima, desaparecerían mis problemas, pero como no me era posible, no llegaría muy lejos. Incluso llegué a fantasear con la idea de qué ropa me pondrían en el tanatorio cuando mi enorme cuerpo llegara frío e inmóvil.
¡Si adelgazara…!
¡Si…!
Y ocurrió el milagro: en forma de mala noticia. Una enfermedad genética se me había desarrollado en el interior. Mis órganos afectados iban (y van, e irán) a medio gas. La obesidad no era la causa, pero no ayudaba en la evolución. Ella y los embarazos pudieron acelerar el deterioro. En ese momento, mi chip mental cambió: de off a on. Y surgieron, de pronto, de repente, sin avisar, las fuerzas necesarias para conseguir adelgazar: la tregua (por otro lado, una prueba más de que hasta mi propio subconsciente estaba convencido de que TODOS mis problemas, -incluido el de superar el nefasto diagnóstico-, desaparecerían junto con los kilos).
Adelgacé. Más de 50 kilos. Pasé de la talla 60 a la 38. Cambié un IMC de más de 42 al de 22. De obesa mórbida a normal. Sin problemas ni repercusiones. La enfermedad genética estancada, sin progresar. Tenía motivos para ser feliz.
Pero… acabó la tregua. Cuando llegué a mi peso ideal. En ese momento, todo el mundo: familia, amigos, conocidos, incluso mis médicos,… me recomendaron dejar la dieta y comenzar una alimentación “normal”. Yo entonces, que no conocía la terapia de la abstinencia, comencé a comer “de todo”. Al principio, un poco, pero la bulimia despertó y subrepticiamente volvió a surgir de las profundidades desde mi mente, invadiendo mi cuerpo todo. Y empezó el problema, recomenzó. Y con más violencia.
Yo conocía ya el sentimiento de ser delgada. Y no quería por nada del mundo volver a engordar. Y cuanto más lo deseaba, más engordaba: dieta, ayuno, atracón, dieta, ayuno, atracón… Así iba sumando kilos, con mayor horror cada día.
¡Si no engordara! ¡Todo iría bien!
¡Si no engordara!...
Toda mi razón de vivir giraba en torno a esa idea, obsesiva y machacona. Y cuando más lo temía, menos conseguía sujetar los ataques.
El resto de mi vida: mis experiencias, mis vivencias, mis relaciones con los demás, mi trabajo, todo, absolutamente todo, se hallaba contaminado con esa prioridad. Nada tenía más importancia que eso. Esa era la única opción y el único objeto. Lo demás,… creía que seguiría mansamente la estela de la primera condición, prioritaria para mí: si no engordo, no tendré problemas en ningún aspecto. Todo depende de que consiga no engordad.
Pero lo cierto es que todo iba mal: gritaba a mis hijos, reñía y discutía con mi marido, no atendía a mi familia, en mi trabajo no era todo lo atenta que me hubiera gustado, no empatizaba con mis amigos,…
Pero… si no engordo… todo se arreglará.

jueves, 11 de agosto de 2011

El peso es el problema:

El hecho, indudable, de que no sienta, ni de lejos, la felicidad que un observador externo me atribuiría, lo achaco a los vaivenes en el peso, al miedo, al terror, al pánico, al horror a engordar ni un gramo, a volver a ser una obesa mórbida. Cuando lo era, por que lo era, y ahora que no lo soy, por la probabilidad tan alta de volver a serlo.

martes, 9 de agosto de 2011

Amigos y pareja:

No son sólo los recursos económicos y familiares los únicos medidores externos de la satisfacción. Tienen una gran importancia los recursos sociales, el medio social en el que la persona se mueve, y dentro de éste, sobretodo, el círculo de amistades y la pareja. Cuando alguien tiene, aparentemente, un gran volumen de amigos y conocidos con quienes mantiene una relación cordial, parece que cuenta con un gran incentivo para sentir fluir la felicidad. Y si además, se halla unido sentimentalmente a otra persona, una pareja, con la cual la relación se sostiene estable, puede deducirse que esa persona que cuenta con todos esos medios: economía, familia, amigos y amor de pareja, tiene que ser muy feliz.
También yo cumplo con esta condición, mi círculo de amistades, aunque no es numeroso, no me falta; y mi pareja, mi marido y yo llevamos unidos más de 20 años conviviendo en armonía. ¿Porqué entonces mi vida es “ingobernable”? ¿Porqué no soy feliz?.

lunes, 8 de agosto de 2011

Segunda parte: La intratabilidad de la vida actual

La siguiente máxima de que nos informa la Comunidad es que nuestra vida se ha vuelto “ingobernable”; si bien, aceptar algo así no es tan fácil para muchas personas afectadas, puesto que limitan sus problemas a la pelea con la comida y el vaivén del peso.
Sigue explicando:
Trabajo y familia:
Hay distintas formas para juzgar que todo va bien en la vida de una persona. Una de ellas, y de más valoradas, es disponer de recursos económicos suficientes para más que atender a nuestras necesidades. Generalmente la economía familiar se sustenta en el trabajo propio, tanto si es como empresario, como autónomo, como trabajador por cuenta ajena,… de cualquier modo, excepto permanecer en el paro. Es vital contar con algo que provea económicamente. Pero además, el trabajo también cumple con otra finalidad asimismo importante, que es la autorrealización de la persona, una forma de desarrollo individual y colectivo que contribuye al sentimiento de pertenencia a una sociedad y la aportación a su cultura. Por esa razón, cuando alguien cuenta con un empleo que, más o menos, le satisfaga, puede afirmarse que dispone de uno de los mejores indicadores del nivel de felicidad en su vida.
Otro de los signos que revelan hasta dónde podemos sentir satisfacción es la tenencia de una familia en la que todo funcione bien: sin sobresaltos de enfermedad, relaciones rotas, muertes, etc. Se presupone que cuando una persona se inscribe en el seno de una familia funcional, no tiene motivos (en ese sentido) para sentirse infeliz.
Desde luego, en ambos aspectos cumplo la premisa, tengo un trabajo que me gusta, estable y relativamente bien pagado. Por tanto, desde ahí tengo motivos para ser feliz. También cuento con una familia, sin problemas importantes ni faltas recientes, que me arropan cuando necesito algo y que pueden contar conmigo.

sábado, 6 de agosto de 2011

Estoy enferma

La Comunidad me conmina a aceptar que, tras el análisis anterior sobre mis actitudes ante la comida, sobre mis reacciones ante ella, sobre los efectos que me provoca, sobre las cantidades que ingiero,… no son normales. Las demás personas no se enfrentan así a la comida, la posición que yo adopto ante ella adolece de anormalidad, se sale de lo que hace la mayoría.
Bien, acepto que esto es cierto; aunque hay muchas otras personas que tienen ante la comida alguna igual de mis respuestas, es verdad que todas juntas esas reacciones sólo se dan en mi y en las personas que, como yo, tienen el mismo problema. Eso es cierto.
Por tanto, infiere la Comunidad que estamos enfermos. Pero decir que estoy enferma supone admitir que todas esas actitudes son, en realidad, signos y síntomas de una enfermedad. Que no son falta de carácter, o caprichos de alguien egoísta y fútil, sino la manifestación de una enfermedad.
Vale. Esto lo aceptaré como premisa para seguir avanzando.
Aquí acaba la primera parte, la dedicada a todo lo relacionado con la comida y la forma de comer. A partir de ahora, nos adentramos en las afectaciones emocionales y espirituales.

miércoles, 27 de julio de 2011

Examen de la forma de comer, las variaciones de peso y los trucos autodestructivos.

Se recomienda examen de la forma de comer, la obesidad y los actos autodestructivos para evitar ganar peso: dietas, ayuno, ejercicio excesivo, vómitos,…
Vayamos por partes:
·         Forma de comer: Libros enteros podría escribir aquí. Porque no sólo soy compulsiva en la cantidad, sino también en la velocidad, en la ansia, la prisa, el impulso por acabar cuanto antes. No sólo en mi forma de comer, sino en todo lo que hago. Da igual que tenga cosas que hacer luego o no, siempre voy apresurada. Engullo, más que como. Me resulta difícil disfrutar del sabor de un alimento, porque apenas lo conservo unos segundos en mi boca, que la lengua lo empuja rápidamente a la garganta, donde desaparece literalmente, ya que es tan rápido que para cuando mi estómago se da cuenta del llenazo, es demasiado tarde.
Además, siempre tengo que ser la primera en ser servida, no soporto ver comer a los demás, o mejor dicho, ver no comer a los demás mientras hay comida en sus platos. Y mucho menos aguanto cuando los otros comensales son muy lentos. Me sucede especialmente con mis hijos, que como muchos niños, son problemáticos a la hora de comer, y tengo que reconocer que no llevo con paciencia su desdén hacia los platos (¿puede que esto sea consecuencia de mi culpa?).
También prefiero comer sola. Estar en una mesa hablando con otras personas excita mis ansias y cuando estoy en un grupo todavía voy más rápida que estando sola. La única manera de ralentizarme a la hora de comer es hacerlo sola y leyendo algo (algo que no sea demasiado profundo), que me ayude a distraerme de la comida y recordar que debo masticar lentamente, que no me acelere. Porque cuando me reúno con otros para comer, no sé porqué, pero me entra la prisa por acabar, apenas doy conversación, me limito a escuchar a los otros, y engullir lo mío (aunque en público casi nunca me excedo comiendo en cantidad).
Y todo eso, cuando se trata de la comida normal, porque en el momento del atracón, como sola, siempre, frente a la tele, al ordenador o una revista, velozmente, aunque va disminuyendo la rapidez conforme se llena el estómago.
Casi siempre sentada, eso sí, excepto cuando ataco directamente desde la nevera, en que me planto enfrente con la puerta abierta y con cuidado de no ser vista, voy haciendo desaparecer los comestibles que encuentro. Pero prefiero hacerlo sentada, tanto en las comidas normales como en los atracones. La diferencia entre ambas en este sentido es el lugar en que me siento. En las comidas, normalmente, en la mesa del comedor, y cuando sufro los atracones, en otro lugar siempre, en el sofá, la silla del ordenador,…
·         Obesidad: Sí, he sido obesa, obesa mórbida, con un IMC mayor de 42. Pero hace tres años me fue concedida una tregua (debido a circunstancias dramáticas que influyeron en mi psicología), e inicié un régimen. Al principio solo baje 7 kilos en un año. Todavía me faltaba la mala noticia definitiva que influiría en mi psiquis; pero cuando me la dieron, hace ahora 2 años, el régimen se convirtió en muy estricto, con lo que bajé rápidamente hasta pasar, de una talla 60 a una talla 38 en poco más de un año.
Y precisamente en ese punto retomé mi calvario. Acabé la tregua. Una vez que terminé mi dieta, cuando ya había alcanzado mi peso ideal, fue cuando todo el mundo me recomendó volver a comer normalmente. Yo, creyéndome normal, empecé a probar todos los alimentos que durante el régimen me estuve privando, entre ellos, y sobretodo, los dulces. Poco a poco, cuantos más iba empezando, más era el ansia de seguir. Hasta que un día, tuve mi primer atracón. En una progresión acelerada, fui repitiendo los atracones, y también ganando peso. ¡Otra vez! Me veía ya con 50 kilos más nuevamente. ¡NOOOOOOOOOOOOOOOO!
·         Actos autodestructivos para evitar ganar peso: Antes de adelgazar hasta mi peso, antiguamente, hacía dietas, pero no duraban mucho tiempo. Creía que era falta de voluntad. A veces, conseguía bajar algunos kilos (incluso alguna vez he llegado a disminuir muchos), pero nunca dejaba la franja del IMC de obesidad grave. Me creía un caso perdido. Por ello, no recurría a actos autodestructivos.
Llegué a intentar los vómitos, pero mi sistema digestivo está configurado de tal modo que no le resulta fácil alcanzarlos. No podría conseguir revertir el contenido estomacal al exterior. Me resigné a una suerte malignizada de obesidad.
Pero después de llegar a mi peso ideal durante la tregua, la cosa cambió. Cuando la bulimia volvió a atacar duramente, en atracones que me podía suponer unos 2 o 3 kilos por sesión, comencé a desesperar. El ayuno de entresemana era riguroso, para el fin de semana, destrozarlo en unas horas.
El ejercicio cada vez más intenso. No puedo aumentar la resistencia, por un problema de salud que arrastro, de modo que aumento el tiempo, y cuando tengo que saltarme un día sin mi ejercicio de una hora mínima (a veces 2 y media), me pongo nerviosa e histérica porque me entra la neura de que voy a engordar.
Sigo sin vómitos, porque aunque me meta los dedos en la garganta, mi estómago no se encoge. De modo que no vomito porque no puedo, no porque no quiero.
Sí son actos autodestructivos como forma de castigar mi cuerpo; como si él tuviera la culpa de mi obsesión por la comida.

lunes, 25 de julio de 2011

Negación

Lo curioso del caso es que nunca me había planteado estos trastornos como parte de una enfermedad. Siempre las había tomado como un rasgo de carácter débil y voluble. Es precisamente ahora, cuando tomo conciencia de su calificación como una enfermedad, que no he contraído porque sea mala persona o la mereciera de algún modo, sino porque el destino me ha escogido a mí para padecerla, lo mismo que a otras personas escoge para otras enfermedades o sufrimientos.
De este modo, no me resulta difícil aceptarla como tal. Pero para mí, para nadie más. Bien es cierto que, aunque se considere como una patología, no me atrevo a confesarlo públicamente. Sólo mi marido y mi madre lo saben, mi hermana lo ha adivinado, pero nadie más. Ningún amigo, conocido, familiar, compañero,… nadie lo sabe, al menos por mí. Ni siquiera mi médico. No soy capaz de reconocerme ante el mundo como una paciente de semejante enfermedad. No quiero exponerme a las habladurías ni al enjuiciamiento que el resto de la sociedad tiene de este trastorno.
Por tanto, realmente no reconozco esta enfermedad.

lunes, 20 de junio de 2011

Una ayuda más fuerte que yo

La fuerza que necesito para vencer las demandas tiránicas de esta enfermedad psíquica es mayor de la que yo puedo desplegar. Necesito que alguna energía externa a mí, y mucho mayor que yo, me pueda infundir la capa de vigor suficiente para que, en cuanto  aparezcan los apetitos obsesivos consiga sacarlos fuera de mí, para que no entorpezcan mi vivir y mi tranquilidad. ¿Es esto posible? ¿Existe esa fuerza en algún lugar del universo? ¿Dónde está? ¿Yo podría tener acceso a ella?
Porque lo cierto es que la preciso, si quiero conseguir dejar de comer de esta forma apremiante, forzosa, perentoria, inexcusable,… Si quiero salvarme de esta prisión a la que este maldito destino me ha condenado y no volver a engordar nunca más, nunca más, nunca más,… Mi mundo se desmorona si no lo consigo. Incluso me he planteado el dejar de existir, dejar de padecer, dejar de sufrir, simplemente, no estando. De ese modo ya no habría prisión, ni cadenas, ni monstruo. Mi alma sería libre para volar, o para caer en la nada, lo que sea que haya más allá.
Pero por otro lado,… mi familia, mis hijos, mi marido, mis compañeros, mi trabajo, mis amigos, todos los que me rodean, y me necesitan,… no puedo hacerles eso. Tengo que estar aquí.
Aunque para un “estar aquí”, “no estando”… Ya que la celda en la que me mantiene la enfermedad, ¿merece la pena aguantar? ¿Cuánto tiempo?